
Los científicos japoneses acaban de presentar el aparato que permite mover objetos con la fuerza del cerebro.
A
finales del año que viene ha de presentarse el modelo piloto de un
dispositivo semejante por los diseñadores rusos. El principio de
funcionamiento del aparato, creado por los técnicos de la empresa ATR
con sede en la ciudad de Kioto, consiste en descifrar las señales del
cerebro humano que anteceden a cualquier acción. La información se envía
a un lector instalado en el objeto que ha de ser movido.
Según
los investigadores, el aparato está destinado a mejorar la calidad de
vida de las personas con movilidad reducida. Aparatos de este tipo
fueron creados, aparte de Japón, en una serie de países, Rusia incluida,
donde estos dispositivos han despertado interés no solamente de la
comunidad médica. Lo que ocurre es que la interfaz funciona en ambas
direcciones, es decir, se puede mover los objetos mediante los impulsos
del cerebro y provocar determinadas ideas mediante los objetos.
Telequinesis de alta tecnología
El
caso del interfaz creado en Kioto es el ejemplo clásico de un “invento
japonés”, una tecnología ideada por otros que los japoneses se
precipitaron a transformar en un producto acabado y a presentar al
consumidor final. Precisamente gracias a esta forma de actuar en los
años de posguerra el País del Sol Naciente pudo pasar de ser un país
vencido y devastado en la segunda (actualmente, tercera, después de EEUU
y China), economía mundial. China, dicho sea de paso, aplicó el mismo
esquema a la producción de artículos de consumo masivo.
En estos
momentos, en muchos países se está trabajando intensamente en la
creación de este tipo de aparatos, llamados Network Brain Machine
Interface, Red del Interfaz Cerebro-Máquina. “Los líderes en la
investigación son Estados Unidos, Alemania y, por muy sorprendente que
pueda sonar, Rusia”, cuenta el jefe del laboratorio de estudios
neurofisiológicos de la Universidad Estatal de Moscú, el catedrático
Alexander Kaplán.
De acuerdo con el experto, a finales del año que viene los diseñadores rusos presentarán un modelo piloto de la interfaz.
“En
2014, el Ministerio de Industria habrá de ordenar la fabricación de una
serie de estos dispositivos que simplificarían la vida de pacientes que
sufrieron derrames cerebrales y tienen la movilidad limitada”, explica
el catedrático.
El principio de la interacción
“cerebro-ordenador” es conocido desde hace casi un siglo. De hecho, se
trata de un encefalograma en el que han de detectarse los picos de
actividad cerebral que preceden a una determinada acción.
A pesar
de que el objetivo final es aparentemente simple, la realización
práctica de la idea necesitó décadas enteras, sin que todavía se haya
conseguido un éxito absoluto.
“En estos momentos se intenta
perfeccionar los parámetros de la velocidad y la fiabilidad del método.
Una fiabilidad buena es la del 80% de las órdenes mentales, es decir,
reconocimiento infalible por el aparato de cuatro de cada cinco señales
enviadas. Para objetivos más concretos el índice ha de ser todavía más
alto. Así, para teclear un texto solo con el esfuerzo mental, se ha
conseguido la fiabilidad del 95% y la velocidad de entre 13 y 15
caracteres por minuto, mientras que tecleando con ambas manos uno puede
ascender a entre 90 y 100 caracteres por minuto”, explica Alexander
Kaplán.
Los diseñadores de ATR consiguieron que las órdenes
mentales se cumplan durante unos 6 o 12 segundos con una exactitud de
entre 70% y 80%.
“Merece la pena señalar que no estamos hablando
de penetrar en los pensamientos de una persona, es absolutamente
imposible. Se trata de descifrar objetivos formulados con precisión.
Cuanto más simple e intensa es una intención, con mayor facilidad se
descifra. Este tipo de interfaces no pueden ser unificados y aplicados a
toda la gente, necesitan ser ajustados a las características
individuales del cerebro de una persona concreta”, apunta el experto.
Según
él, en su laboratorio se logró reducir a tres minutos el tiempo de
adaptación del interfaz en caso del “tecleo mental”, lo que representa
un avance considerable a nivel mundial.
Lo que siempre falta es el dinero
“Nuestro
laboratorio y creo que un par de equipos más que se dedican a las
investigaciones en este campo somos los únicos en no tener problemas con
la financiación”, reconoce Alexander Kaplán. No fue fácil conseguirlo,
avisa.
“Cuando a principios de los 2000 solicitamos la beca del
Fondo de investigaciones fundamentales de Rusia, recibimos una respuesta
negativa que se motivó con que estábamos gastando nuestro tiempo en
“juguetitos”. Hasta los últimos 3 o 4 años la postura de las autoridades
no ha cambiado. Posiblemente ha llegado el entendimiento de que, si nos
quedamos atrás ahora, nunca más alcanzaremos al resto de los países. Y
numerosos fondos empezaron a asignar recursos para estas
investigaciones. Nos estamos enfrentando a otro problema, falta de
cuadros cualificados”, cuenta Alexander Kaplán.
“Otros organismos
interesados ofrecían muy prometedoras condiciones de trabajo”, prosigue
Alexander. Lo que ocurre es que el interfaz neurofisiológico es capaz
de funcionar en ambas direcciones, de la intención al objeto y
viceversa. Sin embargo, estas últimas tecnologías todavía se encuentran
en la etapa inicial de su desarrollo.
“En un principio sería
posible avisar con una señal sonora a una persona sobre lo incorrecto de
sus intenciones, al igual que avisa un cajero automático en caso de ser
introducido un código pin incorrecto”, señala el científico. En otras
palabras, a uno se le podría motivar en varias etapas para que sus
pensamientos adquieran el rumbo necesario, facilitándole respuestas
negativas a todas las decisiones menos a la requerida.
“Algunos
aspectos de la aplicación práctica de nuestras tecnologías están
relacionados con problemas éticos. De hecho, las investigaciones que
potencialmente pueden permitir, si no leer los pensamientos humanos, por
lo menos descubrir sus intenciones o incluso guiarlas, necesitarían
primero el permiso de un comité de ética. Sin embargo, los comités de
ética científica carecen de momento de reglamento aplicable a este tipo
de estudios”, señala.
En otras palabras, cada científico ha de solucionar este dilema ético a su manera.
“Le
seré sincero: elegimos los campos de investigación por razones
puramente pragmáticas, aunque en cierta medida consideramos las normas
éticas. El principal problema está en que el desarrollo de las
aplicaciones específicas de estas tecnologías podría llevar a que
reciban estatus de información clasificada. En este caso ya no podríamos
estar en contacto con nuestros compañeros por todo el mundo”, concluye.
Por
supuesto, no existe ninguna garantía de que los especialistas del
laboratorio de Alexander Kaplán no acaben cambiando de opinión y
aceptando las propuestas de los “organismos interesados” que a menudo ni
siquiera dejan la opción de decir “no”. ¿Qué podría ocurrir en este
caso?
Por supuesto, la lectura de los pensamientos de uno y la
creación de zombis reales y no cinematográficos estarían en un futuro
muy lejano, pero un detector de mentiras de alto grado de eficiencia ya
estaría casi listo.
“Los detectores de mentiras que existen
actualmente funcionan con la maestría de los técnicos que con ellos
trabajan y saben dar la interpretación correcta a las oscilaciones del
pulso, presión arterial, sudoración, etc. En nuestro caso, sin embargo,
tendríamos la posibilidad de detectar la respuesta directa del cerebro a
una pregunta directa”, explica Alexander Kaplán.
Una vida incomparablemente más fácil
A
pesar de que el dispositivo creado por los científicos japoneses y los
diseños de otros especialistas parecen haber salido de la pantalla de
los cines, son objetos que han cobrado ya existencia real. Nada de
telequinesis ni poderes especiales, de mover las cucharitas del té por
la superficie de una mesa ni romper los vasos de cristal a distancia.
Cada
uno de nosotros podría repetir las pruebas científicas con el interfaz
obteniendo siempre los mismos resultados. De modo que todos somos
capaces de hacernos una idea de cómo podrían aplicarse en nuestra vida
cotidiana estas tecnologías.
Así, por ejemplo, simplemente con
pensar que la habitación está a oscuras, es hora de ver el telediario o
de salir hacia la oficina ya sería suficiente para que la luz se dé de
manera automática, la tele se encienda por sí sola y el coche empiece a
calentar el motor.
La vida se volvería increíblemente cómoda.
Pero también existe la posibilidad de que los “aparatos inteligentes”,
al detectar un pico en la actividad de las neuronas provocado, por
ejemplo, por una decisión de turno del Gobierno nacional, haga al
cerebro producir una cierta cantidad de endorfinas, hormonas de la
felicidad, si se prefiere, apagando todo descontento.
Serguéi Petujov
RIA Novosti